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Todos en alguna vez en la vida hemos pasado por la desconcertante y desalentadora experiencia de acudir a Dios en medio de crisis económicas, enfermedades, conflictos familiares, laborales, sintiéndonos realmente afligidos por el peso de las pruebas que estamos viviendo y sentir el silencio de Dios, no escuchando respuesta a nuestras fervientes oraciones.

Nosotros no somos la excepción, muchos profetas vivieron estas mismas experiencias e incluso Habacuc expreso el mismo sentimiento.

“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?”

Habacuc 1:2

Cuando Dios guarda silencio puede ser muy desconcertante, desalentador y uno de los desafíos más difíciles de enfrentar, que ponen a prueba nuestra fe. Yo he experimentado en más de una ocasión esa experiencia debilitadora de rogar a Dios en oración en un momento determinado de angustia y no recibir aparentemente ninguna respuesta de parte del Señor.

Es una experiencia muy frustrante, donde podemos experimentar mucha soledad, sensación de abandono, tristeza e incertidumbre. Olvidando que el Señor no está obligado a satisfacer nuestras demandas, ni a cumplir con nuestros tiempos y mucho menos a nuestros requerimientos. Necesitamos entender que Dios no es el genio de la lámpara de Aladín que concede los deseos cuando el amo los requiere.

A veces, al Señor más que guardar silencio, no le podemos oír porque hay demasiado ruido en nuestra vida: demasiadas actividades, demasiado tiempo en redes sociales, demasiados planes personales, demasiados pensamientos en nuestra cabeza; o, simplemente, no le dejamos hablar.

Dios tienes sus propios tiempos y conoce nuestras necesidades, las cuales atenderá en su tiempo perfecto y con su sabiduría infinita. Así que no te desesperes cuando no puedas escuchar una respuesta a tu oración, ten la confianza de que Dios escucha cada una de tus oraciones, teniendo la convicción y la seguridad de que el Señor está atento a ellas, y las contestará a en su debido momento.

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